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  • Wendy Bello

La paz que tanto buscas (Adviento, semana 2)

¿Qué viene a tu mente cuando piensas en la paz? Tal vez cuando dejen de existir las guerras entre las naciones. Quizá para ti la paz se iguala a la ausencia de conflictos relacionales o a un momento de silencio en la casa. A lo mejor la imaginas en un bosque donde solo se escuchan los trinos de aves y el movimiento suave de las hojas de los árboles movidas por la brisa. Si prefieres otro escenario, paz para ti pudiera ser el vaivén de las olas en el océano o el sonido de su encuentro con la arena en la orilla de una playa desierta.

Ayer comenzó la segunda semana de la temporada de Adviento. Así como en la primera el énfasis está en la esperanza, en la segunda el tema central es la paz.


El concepto bíblico de la paz dista mucho de lo que nosotros imaginamos. Las palabras bíblicas para paz incluyen no solo la idea de reconciliación entre partes enemistadas sino el concepto de estar completo, como cuando estás construyendo y faltan bloques. Cuando un judío usaba la palabra “Shalom” estaba hablando de algo que va mas allá de un estado de la mente; la idea implicaba bienestar, integridad. También seguridad y favor.


Cuando leemos pasajes del Antiguo Testamento que hablan de la salvación que vendría del Señor, la idea era que llegaría la paz. Eso estaba en la mente de los autógrafos bíblicos cuando escribían pasajes como este:


El aumento de Su soberanía y de la paz no tendrán fin

Sobre el trono de David y sobre su reino,

Para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia

Desde entonces y para siempre.

El celo del Señor de los ejércitos hará esto. (Isaías 9:7).


En el Nuevo Testamento la palabra griega que se tradujo como paz es eirene y transmite un mensaje similar.


Cuando el profeta Isaías recibió el mensaje de parte de Dios que encontramos en el capítulo 9, y que citamos antes, este es uno de los nombres que se darían al Salvador: «Príncipe de paz». Todo lo que encierra la idea bíblica de la paz se resume en Cristo. Si Él no hubiera venido a nacer, si el Hijo de Dios no hubiera encarnado, nunca conoceríamos la verdadera paz. Seguiríamos buscando aquí o allá y encontrando solo la paz temporal.


Eso era lo que había en Israel cuando Jesús vino al mundo. La llamada pax romana, algo que el imperio trataba de imponer por la fuerza y la opresión, y que era cualquier cosa menos verdadera paz.


Si el Hijo de Dios no hubiera encarnado, nunca conoceríamos la verdadera paz. Seguiríamos buscando aquí o allá y encontrando solo la paz temporal.

Siglos antes, el profeta Miqueas había escrito: «Pero surgirá uno para pastorearlos con el poder del Señor, con la majestad del nombre del Señor su Dios. Vivirán seguros, porque él dominará hasta los confines de la tierra. ¡Él traerá la paz!» (Miqueas 5:4-5, énfasis de la autora).


El mundo angustiado, rodeado de tinieblas, incompleto, sumido en los terribles efectos del pecado, recibió la esperanza de la paz en la primera Navidad. Pero Jesús no vino a traer la paz que muchos esperan o buscan. La paz de Jesús no es un tratado de no agresión entre naciones, ni la ausencia de conflictos en las relaciones humanas (al menos, no por ahora). La paz de Cristo es mucho más.


En aquella noche, bajo el cielo de Belén, los ángeles anunciaron que la paz había llegado, envuelta en pañales, para traer la reconciliación que se perdió en Edén: «De repente apareció con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace”» (Lucas 2:13-14). Cristo hizo posible la paz entre Dios y los hombres, y ese fue el mensaje que luego Pablo reafirmó: «Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1).


Cristo es la paz que puede tener nuestro corazón cuando la angustia y el dolor tocan a la puerta: «Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).


Él es la paz cuando el temor asoma por la ventana y quiere atarnos de pies y manos: «La paz les dejo, Mi paz les doy; no se la doy a ustedes como el mundo la da. No se turbe su corazón ni tenga miedo» (Juan 14:27).


Y cuando no podemos ni siquiera entender lo que a nuestro alrededor sucede, el Señor nos invita a orar con la garantía de su paz como respuesta: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6-7).


En Adviento recordamos la paz que Cristo hizo posible con su primera venida; pero anhelamos también que cuando regrese, disfrutaremos de la paz completa, perfecta, absoluta. Mientras, tenemos el llamado a proclamar el evangelio de la paz, a compartir con otros lo que Dios nos ha dado en Cristo. La letra del viejo himno se hace eco de este mensaje:


¡Al mundo paz, nació Jesús!

Nació ya nuestro Rey;

el corazón ya tiene luz,

y paz su santa grey,

y paz su santa grey,

y paz, y paz su santa grey.


¡Al mundo paz, el Salvador

en tierra reinará!

Ya es feliz el pecador,

Jesús perdón le da,

Jesús perdón le da,

Jesús, Jesús perdón le da.


Gracias por leer y compartir,

Wendy