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  • Wendy Bello

Confesiones

En mi caminar con el Señor he vivido diferentes experiencias. Como cualquiera de nosotras, he estado en la cima del monte, donde nos pareciera que casi podemos tocar el cielo, pero también en lo hondo del valle, donde todo es oscuro y creemos que nos hundimos. Sé también que Dios usa ambos tipos de experiencias para enseñarnos, moldearnos, rompernos como barro y volvernos a hacer, conformándonos cada vez más a la imagen de Cristo.


Fue justo una de esas experiencias en un valle difícil que el Señor me reveló la idolatría que había en mí, me quitó todas las capas que yo cuidadosamente había construido y dejó al descubierto cuán dividido estaba mi corazón.


El peligro de escuchar demasiado a menudo enseñanzas no claras de la Escritura es que nos vamos haciendo inmunes y no nos damos cuenta de que paulatinamente el mensaje comienza a parecernos verdadero ¡y hasta bíblico! Las mentiras disfrazadas avanzan hasta ocupar el espacio de nuestra mente y, por consiguiente, nuestro corazón. Eso fue lo que me sucedió.


Sin darme cuenta comencé a creer que lo que Dios y yo teníamos era algo así como una relación de negocios. Yo me porto bien, tú me das. Yo paso horas en oración y cantando sin cesar, mi vida será perfecta. Mientras más emotiva sean mi oración y mi adoración, más conmoveré a Dios para que obre a mi favor. Si yo hago mi parte, Él sin dudas cumplirá con la suya, que por lo general es simplemente un rotundo sí a cualquier cosa que mi corazón desee, porque son buenos deseos, porque no hay nada de malo en ellos y, sobre todo, porque esos mismos deseos los ha cumplido en otros. ¡Miserable de mí!


Hasta que un día el castillo de mentiras comenzó a desmoronarse. Cada vez más veía que mis esfuerzos no producían nada de lo que yo deseaba. Veía mis anhelos cumplidos, ¡en otros! Comencé a creer que Dios no me amaba porque, en mi confusión, el amor de Dios era sinónimo de cuánto Él se ajustara a mi agenda. Empecé a cansarme de hacer y hacer y hacer más, sin resultados. ¡Y el abismo se abrió bajo mis pies! Una depresión indescriptible me atrapó. Para quienes no estaban muy, muy cerca de mí, era imposible saberlo. Había aprendido el arte de ocultar lo que de verdad pasaba y disfrazar mi rostro con falsas sonrisas y lo peor, aparente piedad.


Un sábado en la tarde salí manejando sin rumbo, sin saber qué hacer, ni qué pensar, ni qué creer. Sentía que había tocado fondo. Cuestionaba si realmente lo que yo decía creer era cierto, si en verdad conocía a Cristo, si mi vida valía la pena. De tan solo escribirlo me asusta porque nunca había vivido nada igual. Esta crisis fue la última de varias que le precedieron, y le ruego al Señor que jamás vuelva a vivir algo semejante.


Cuestionaba si realmente lo que yo deca creer era cierto, si en verdad conocía a Cristo, si mi vida valía la pena...

Después de dar vueltas de un lado a otro por fin estacioné mi carro, de frente al oeste. Mientras miraba el atardecer las lágrimas rodaban por mis mejillas de manera incontrolable. ¿Qué me ha pasado, por qué llegué hasta aquí? Podía hacer una lista de todas las maravillas que Dios había hecho en mi vida, comenzando por la salvación y terminando con estar sentada allí, viva. No quería sentirme como me sentía, no quería vivir como estaba viviendo. Clamé al Señor con todas mis fuerzas, le imploré, le rogué que me sacara del pozo de la desesperación en que me encontraba. ¡Nunca las palabras del Salmo 40 habían sido tan reales para mí! Le pedí que hiciera claro a mis ojos por qué estaba así, qué me estaba sucediendo.


El Señor me mostró mi pecado: un corazón dividido que quería adorar a Dios y adorar la prosperidad material. Un corazón que creía que Dios es más como Santa Claus, que reparte regalos por portarnos bien. Un corazón que creía que la vida cristiana es una vida fácil y si no lo es, entonces algo no está bien en mí y quizá Dios me esté castigando. Un corazón que de tanto escuchar medias verdades o mentiras, se había enfermado. Un corazón que tenía una necesidad urgente del evangelio y de entender la gracia de Dios, otra vez.


Hoy puedo darle gracias al Señor por Su paciencia, por Su amor, por haberme rescatado de mí misma y de un camino torcido. Tengo que decirte que no ocurrió de hoy para mañana, pero sí más rápido de lo que yo hubiera imaginado. Dios usó Su método más sencillo y probado, la Palabra. Versículo tras versículo me mostró las verdades que derrumbaban las mentiras que yo había creído. Versículo tras versículo fue lavando lo sucio y poniendo lo nuevo. Y, en ese proceso, también cambió mi mente. La mente confusa y abrumada, la mente que se iba por sendas tan oscuras que no te puedo describir, esa misma mente comenzó a aferrarse con uñas y dientes a la Verdad, Cristo, quien nos hace libres.


Mi querida lectora, por eso amo tanto la Palabra de Dios, por eso me apasiona estudiarla, enseñarla, difundirla, porque no hay nada como ese libro para transformar mentes y corazones. El Señor me rescató de todo ese fango doctrinal mediante Su Palabra. Y por eso también quiero rogarte que seas muy cuidadosa de lo que lees y escuchas, a qué enseñanzas expones tu corazón. Es demasiado fácil irnos tras ideas que parecen muy bíblicas, pero no lo son. Es muy fácil dejarnos engañar por aquello que tiene apariencia de Evangelio, pero no lo es. Solo el conocer la Palabra y estar anclados en ella nos ayuda a detectar las mentiras.


Es demasiado fácil irnos tras ideas que parecen muy bíblicas, pero no lo son. Es muy fácil dejarnos engañar por aquello que tiene apariencia de Evangelio, pero no lo es.

Esto que comparto contigo es parte del contenido de mi libro más reciente "Un corazón nuevo". Allí puedes leer el resto de la historia. Si todavía no tienes tu copia, quiero contarte que mi casa plublicadora B&H Español/Lifeway Mujeres tiene un descuento especial por estos días. Debajo te comparto enlaces para diferentes opciones.


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Bendiciones,


Wendy


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