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  • Wendy Bello

El orgullo espiritual, más común de lo que creemos

La Biblia usa diferentes palabras para hablar de orgullo: arrogancia, altivez, jactancia, pretensión, vanagloria. Todas apuntan a un corazón que se rebela, que quiere la honra para sí mismo y no para Dios. El corazón orgulloso no quiere someterse ni rendirse ante nada ni nadie. El orgullo es el pecado más antiguo. Y un pecado que Dios detesta.


«Será humillado el orgullo del hombre y abatido el orgullo de los hombres. Solo el Señor será exaltado en aquel día» (Isa. 2:17).



Los orgullosos no tienen lugar en Su presencia y el pecado del orgullo no quedará impune, será aplastado y expuesto. ¡Qué bueno que tenemos a Cristo que pagó incluso por este pecado! Sin embargo, ¿hay orgullo en mi corazón, en tu corazón? Esa es una pregunta que debemos hacernos.


El orgullo fue el tema de una de las tantas parábolas que Jesús contó. La conocemos como la historia del fariseo y el publicano o el recaudador de impuestos. Al leerla, es mucho más fácil identificarnos con el publicano… como el que viene a suplicar la misericordia de Dios. Pero la verdad es que en muchas ocasiones somos como el fariseo.


En la historia, el fariseo está orando y estas fueron sus palabras:


«Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano» (Luc. 18:11-12).


Ahora vamos a poner esas palabras en nuestro contexto. Es muy probable que, tal vez sin darnos cuenta, pensemos así: «Gracias, Dios, porque no soy como las demás mujeres. No le robo a nadie, soy fiel a mi esposo, participo en todos los estudios bíblicos y reuniones de oración. Gracias porque no soy como esas mujeres que no limpian su casa todos los días, ni como esas que compran comida hecha para no cocinar. Gracias porque no soy como fulanita que siempre llega tarde, ¡y sus hijos se portan tan mal! Gracias porque yo sé dónde está el libro de Habacuc y sé lo que quiere decir “soteriología” …».


La lista podría seguir, ¿verdad? Y también es verdad que en algún momento hemos pensado algo parecido. ¡Porque nuestro corazón es orgulloso y se cree más espiritual que el de los demás! Perdónanos, Señor.


El llamado orgullo espiritual tiene muchas caras. A veces actúa como aquellos que oraban en alta voz en las calles, solo para que otros los vieran. Tal vez no lo hacemos de esa manera, pero sí usamos palabras rebuscadas al orar para impresionar a los demás, o creemos que el volumen de nuestra voz y nuestros ademanes llamarán la atención de Dios. Quizá creemos que nuestro conocimiento teológico nos hace superiores. Orgullo.


Cuando presumimos de orgullo espiritual despreciamos la gracia de Dios, porque la gracia dice que nuestras buenas obras son innecesarias, que son trapos de inmundicia ante la santidad de Dios. ¿De qué presumimos? No hay nada que nos gane Su salvación ni Su favor. Y se nos olvida que solo Él puede hacer limpio y puro nuestro corazón. Nuestra oración debería ser, cada día, como la del publicano de la historia: «Dios, ten piedad de mí, pecador».


Cuando presumimos de orgullo espiritual despreciamos la gracia de Dios, porque la gracia dice que nuestras buenas obras son innecesarias, que son trapos de inmundicia ante la santidad de Dios.

En su narración, Lucas nos deja ver claramente la postura de Dios: «Les digo que este descendió a su casa justificado pero aquel no; porque todo el que se engrandece será humillado, pero el que se humilla será engrandecido» (v. 14).


Amiga lectora, llamemos a las cosas por su nombre. Reconozcamos nuestro orgullo como lo que es, pecado, y oremos, clamemos a Dios por un corazón humilde, un corazón despojado de este mal que envenena el alma y nos aleja de Él. ¡Podemos ir a la cruz, y crucificar este pecado! Como dijera Charles Spurgeon: «En la cruz hay una cura para cada enfermedad espiritual. Hay alimento para cada virtud espiritual en el Salvador. Nunca vamos a Él con demasiada frecuencia».

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Bendiciones,


Wendy