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  • Wendy Bello

El problema con el evangelio social

Este artículo lleva varios días dando vueltas en mi mente y en mi corazón. Y no lo escribo para iniciar debates. Lo hago para recordarme a mí misma estas verdades, incluso cuando pasen años, y porque quizá también sea de ayuda para ti que lo estás leyendo.



Uno de los resultados de COVID19 ha sido un mundo todavía más convulso que hace 4 meses. En lo particular, aquí en losEstados Unidos hemos vivido, y estamos viviendo, situaciones que en un tiempo hubieran parecido solo escenas de una película ubicada en cualquier otro lugar. Pero ahora es la realidad. Las imágenes noticiosas no solo asustan, también entristecen. El delito y la maldad indiscriminada arrasan con lo que encuentran a su paso. Algunas ciudades enfrentan un estado de anarquía e insubordinación total.


Por otro lado, si te vas a Twitter, encontrarás una guerra de ideas, donde unos defienden un movimiento, como BLM, y otros lo atacan. Y esa otra guerra también ocurre entre la Iglesia, con mayúscula porque no me refiero a una en particular, sino a los que somos parte del cuerpo de Cristo.


Pero ¿sabes?, hasta donde mis ojos pueden ver, el mayor problema no es lo que ocurre en las calles, sino lo que está teniendo lugar en nuestras mentes, especialmente en lo que a nosotros los cristianos concierne. El mayor problema está en las supuestas soluciones que estamos queriendo dar a todo esto. Y digo supuestas porque, en verdad, no lo son.


¿De qué soluciones hablo? De un evangelio social, es decir, proclamar que la función primaria de la iglesia es buscar reformas que den lugar a la justicia social. Ahora bien, no me malentiendas. Claro que como ciudadanos debemos involucrarnos en la defensa de aquello que a Dios le importa, como la vida; el derecho de los que no tienen quien los defienda, como los huérfanos, y mucho más. Esa es nuestra responsabilidad ciudadana y algo en lo que también podemos tener una voz. ¡Pero no es nuestra misión, ni tampoco la solución! Uno de los pastores de nuestra iglesia hablaba de eso justo este domingo, y en su sermón decía que «nuestro llamado es a hablar de una nueva cultura, la cultura del Evangelio».


No existe ninguna reforma social que cambie los corazones, y por tanto produzca resultados duraderos. ¿Por qué? Porque solo Cristo regenera y cambia al hombre pecador. Lo demás, como las reformas sociales, solo mejora nuestra conducta o circunstancias, en el mejor de los casos. En el peor, produce lo que estamos viendo aquí en los Estados Unidos, el avance y la promoción de ideas que, en el fondo, buscan destruir los valores bíblicos que creemos y defendemos como el matrimonio, la familia, etc.


Cristo no vino a producir una revolución social en la sociedad que vivió. ¿Recuerdas todas las veces que quisieron proclamarlo rey? Pero ¡Él vino a anunciar el Reino de los cielos! Su misión estaba clara. Ese es un reino diferente, ese es un reino que no pertenece a este mundo y en el que, al final, ¡Él reinará! Es un Reino donde sí habrá justicia, justicia perfecta. No creas que la maldad quedará impune, ¡no! Eso sería contradictorio al carácter de Dios. Mira estos pasajes, por ejemplo:


«Porque el Señor va a salir de Su lugar para castigar la iniquidad de los habitantes de la tierra, Y la tierra pondrá de manifiesto su sangre derramada y no ocultará más a sus asesinados» (Isaías 26:21).


«Vienen días», declara el Señor, «en que levantaré a David un Renuevo justo;

Y Él reinará como rey, actuará sabiamente, Y practicará el derecho y la justicia en la tierra.

En sus días Judá será salvada, E Israel morará seguro; Y este es Su nombre por el cual será llamado: “El Señor, justicia nuestra”.» (Jeremías 23:5-6)

El evangelio social nos lleva a quitar la mirada de lo que de verdad importa, cumplir con la tarea que el Señor nos dejó: la proclamación del Evangelio y el hacer discípulos. Ganar almas para ese reino lo hacemos al compartir las Buenas Nuevas y luego hacer discípulos, ¡no con guerras en Twitter ni con revoluciones sociales! Si el mundo cambiara de esa manera, ¿para qué necesitamos a Cristo entonces?


Amiga lectora, tengamos cuidado. Es muy fácil subirse al tren del evangelio social porque, además, es muy atractivo. ¡Nos convierte a nosotros en los héroes! Cuando buscamos que los que sufren, de una manera u otra, pongan su esperanza en nuestras ideas o propuestas sociales, estamos adjudicándonos el crédito, buscando seguidores y no llevándolos a Cristo, quien de verdad puede darles esperanza sea cual sea la situación.


Aquí no tengo espacio para tratar a profundidad todo lo que esto implica, y sé que corro el riesgo de parecer simplista, pero incluso así te hago el llamado. No nos desviemos de la tarea. Como mujeres que han sido rescatadas y regeneradas, ¡tenemos una labor grande! Empieza por casa, allí está nuestro primer campo misionero, y luego, donde sea que el Señor nos quiera usar para hablar de Cristo, anunciar a Cristo y llevar a otros la esperanza de un mundo realmente diferente, el que Cristo nos dará.


Bendiciones,


Wendy


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