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  • Wendy Bello

En memoria de Oliver

Me he demorado mucho en escribir este artículo porque de tan solo pensarlo, se me hace un nudo en la garganta y las lágrimas queman mis ojos. Pero no quiero dejar que sigan escurriéndose los días y con ellos, los recuerdos. Como dice Karla, una hermana querida, escribo para no olvidar.

Oliver llegó a nuestra casa cuando menos lo esperaba. Desde que mi hija pudo conectar palabras en una oración anhelaba tener un perrito, pero para mí eso estaba completamente descartado. No me gustaba idea de tener un perro por diversas razones, una de ellas las muchas responsabilidades, la limpieza, el tener que buscar quién lo cuidara cuando estuviéramos viajando. Pero, sobre todo, el hecho de que al corazón no podemos decirle que no ame y sabía que una vez que una criatura así llegara a nuestras vidas, tarde o temprano nos tocaría llorar.


Todavía no sé cómo me convencieron, pero por fin dije sí y una tarde de marzo de 2018 mis hijos llegaron a casa con este perrito maltés de grandes ojos negros, pelo blanco con sombras color caramelo y una bandana azul. Según nos dijeron, tenía tres años. Recuerdo estar en la entrada de la casa y cuando el carro se acercaba, él se asomó por la ventanilla olfateando el vecindario y tratando de comprender lo que estaba sucediendo.


Resulta que a Oliver no lo compramos en una tienda de mascotas ni tampoco fue regalo de algún amigo familiar. Él fue lo que aquí se conoce como un rescate. Existen organizaciones que se dedican a dar abrigo y protección a animales abandonados o que por alguna razón no pueden seguir con la familia que los tiene. Y ese fue su caso. Quedó sin hogar y mi hija vio su foto en la página web de esta organización en particular.


De todos en casa, fue a mí a quien más tiempo le tomó adaptarse a la idea de tener un perro. Recuerdo una de sus primeras noches aquí, la puerta de nuestro dormitorio se había quedado abierta y en medio de la madrugada me desperté porque escuché ruidos. Al abrir mis ojos, vi en la oscuridad otro par de ojos grandes que me observaban muy de cerca, apoyado en borde de mi cama estaba Oliver. ¡Casi me muero del susto!


En esos primero tiempos yo ni siquiera me atrevía a salir con él a caminar. Nunca había tenido un perro, no sabía cómo lidiar con él y temía que no supiera manejar la situación si nos encontrábamos con otra persona paseando a otro perro. Apenas lo acariciaba porque me asustaba la idea de que pudiera morderme. Pero, poco a poco, Oliver se robó mi corazón y me enseñó a quererlo y a cuidar de él. Se convirtió en "mi Ollie".


De mirarlo de lejos llegué a trabajar con él sentado en mi regazo. Las caminatas mañaneras se tornaron más entretenidas porque las dábamos juntos. Gracias a él llegué a conocer cada árbol, cada rincón del barrio donde hacía paradas. Se convirtió en mi compañero del diario. Sus patitas se escuchaban rítmicamente detrás de mi pasos y con sus grandes ojos negros me observaba al trabajar o mientras preparaba algo en la cocina, tratando de convencerme de que le diera una pedacito de queso o de pan. Cada mañana se subía a mi lado para acompañarme mientras tomaba el café y leía la Biblia, un tanto incómoda porque él se robaba gran parte del espacio en el sillón.


Jamás hubiera imaginado que una mascota nos acompañaría en las vacaciones, que se sentaría a mi lado en los días tristes e inclinara su carita tratando de comprender o que correría feliz dentro de mi casa mientras jugábamos con él y nos hacía reír con sus travesuras. Creo que le gustaba la música porque si mi esposo tocaba el piano, él se acostaba muy cerquita a escucharlo.


Siempre pensé que la gente exageraba cuando hablaban de la fidelidad de los perros o de la manera en que nos muestran su amor. Ahora lo entiendo porque lo viví. No podré olvidar sus expresiones, subido en el sofá y mirando por la ventana mientras yo salía en el auto, ni la alegría cuando llegábamos a la casa, agitando la cola y dando saltos, ¡literalmente!


Pero como las criaturas tenemos vida limitada debajo del sol, la de Oliver terminó cuatro años después de haber llegado a nosotros, también en una tarde marzo. Decir que fue doloroso no es suficiente para la tristeza que nos embargó. Creo que lo sorpresivo del asunto lo hizo más difícil. Y todavía me duele. Ese domingo quedará para siempre grabado en mi memoria.


No pretendo comparar este tipo de pérdida con la de una vida humana porque sé que es incomparable, pero puedo decirte que esta mascota me enseñó muchas cosas. Es difícil ignorar la similitud. Él quedó sin familia y nosotros lo trajimos a la nuestra. Le brindamos el mejor cuidado que pudimos, hasta el final. Lo amamos incluso cuando teníamos que regañarlo si hacía algo indebido. Con las obvias diferencias, Oliver me recordaba que yo también era una criatura fuera de la familia eterna a quien el Padre adoptó por la obra de Cristo. Ese Padre celestial ahora me cuida y lo hará hasta el final, me ama aunque tenga que disciplinarme. Yo hubiera dado cualquier cosa por tenerlo un día más, por prolongar su tiempo junto a nosotros, pero no estaba en mis manos. El Señor lo dio todo, dio a Su Hijo, para que los que ahora somos sus hijos podamos estar con Él para siempre. Oliver me recordó que el amor siempre tiene un precio.


No sé si habrá mascotas en la eternidad, no creo que vuelva a verlo, pero agradezco infinitamente al Señor por los días que me regaló con Ollie, ese perrito maltés de grandes ojos negros que se robó un pedazo de mi corazón.


Gracias por leer y compartir,


Wendy