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  • Wendy Bello

La oración que Dios escucha (parte 1)

¿Cuántas veces has escuchado a alguien decir “yo creo que Dios no me escucha”? ¿Cuántas veces tal vez has escuchado a otra persona decir “yo no sé cómo orar”? Tal vez incluso has pensado en algún momento que tu oración no pasa del techo. Y es que por alguna razón esas ideas cruzan a menudo por la mente de los creyentes.



Creo que debemos primero señalar que Dios sí escucha, sea una oración u otra cosa, ¡porque Dios es omnipresente y omnisciente! Está en todas partes y todo lo sabe. De manera que Él siempre nos escucha. Ahora bien, sé que como creyentes oramos, y todavía no he conocido al primer creyente que me diga que no quisiera orar más o “mejor”, o que sus oraciones fueran más eficaces, pensando en la frase de la carta de Santiago.


La verdad es que la Biblia sí nos habla mucho de la oración, contiene muchísimas oraciones y también nos enseña cómo orar. Esa enseñanza está en uno de los pasajes más conocidos, el Sermón del Monte. Allí el propio Jesús nos da una lección sencilla, pero muy profunda, acerca de cómo orar. Y, si Jesús enseñó a orar de esta manera, entonces esta oración es la manera de orar. ¡Es el tipo de oración eficaz, que Dios escucha!


¿Cómo comienza la oración que Jesús modeló?


Padre nuestro que estás en los cielos,

Santificado sea Tu nombre.


Comienza por enseñenarnos a quién oramos: Padre nuestro. Oramos a Dios quien es nuestro Padre, es una combinación de reverencia y calidez, cercanía. No es a un Dios distante, pero tampoco a un “diosito”. Si te das cuenta, solo un grupo de personas puede reamente orar a Dios. ¿Quiénes? Los hijos. ¿Y quiénes son los hijos?: “Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Juan 1:12-13).


Orar a Dios entonces es un privilegio que hemos recibido por gracia a través de Cristo. Tenemos con Él una relación íntima, la más íntima que se puede tener en este universo humano. Tenemos acceso a Dios porque es nuestro Padre, eso es lo que hacemos a través de la oración. Y, al mismo tiempo, es una declaración de confianza en quién es Dios: nuestro Padre.


Orar a Dios entonces es un privilegio que hemos recibido por gracia a través de Cristo.

Oramos al Dios Padre que está en los cielos. Es decir, al Dios grande, soberano que rige sobre todo y todos, como nos enseña Salmos 103:19, “El Señor ha establecido Su trono en los cielos, Y Su reino domina sobre todo”. Cuando oramos, debemos recordar que oramos no solo a Dios nuestro Padre sino al Dios que tiene control de todas las cosas. Ese rasgo del carácter de Dios es una garantía para nuestra oración, que no es hecha a un dios falso, impotente, caprichoso, sino al Dios de los cielos, Creador, Todopoderoso, Soberano.


Seguidamente encontramos en esta oración tres peticiones que no se enfocan en nosotros, sino en Dios. Y eso debemos considerarlo porque muchas veces nuestras oraciones parecen listas que presentamos al genio de la lámpara, llegamos a Dios con la mentalidad de máquina dispensadora: echo una moneda para recibir lo que seleccioné. De ahí que esta manera de orar que Jesús enseña es tan diferente, porque no comienza con nosotros, comienza con Dios.


Primera petición: Que el nombre de Dios sea santificado


Es una oración que busca la exaltación de Dios, que la santidad de Dios sea reconocida, que nos recuerda maravillarnos ante quién es Dios. Es una expresión de adoración. La oración que agrada a Dios es una oración que expresa adoración. No como un acto mecánico sino un acto del corazón que se deleita y asombra ante la grandeza de nuestro Padre que mora en los cielos.


Segunda petición: Que el reino de Dios venga.


Esta es la segunda petición que tiene que ver más con Dios que con nosotros. Los cristianos vivimos en esta tensión del ya, pero todavía no. ¿Qué quiere decir eso? Que Jesús ya vino, que el Reno de los cielos ya se acercó a nosotros, pero todavía no está establecido para siempre, todavía Él no ha regresado. Así que, al orar, esta idea debe permear nuestra mente, que el reino de Dios venga por completo, que por fin sea establecido en cada lugar, en cada situación. ¡Que en nuestras vidas, como cristianos, haya un deseo ardiente de que este Reino se establezca en nuestras mentes, actitudes, deseos!


;Pedir que el reino de Dios venga también implica que por fin sea establecido en este mundo para siempre. Nosotros sabemos que Dios reina, eso no ha cambiado desde el principio, pero este mundo pecador no reconoce su reinado, este mundo sufre, está roto, tiene enfermedades, injusticias, dolor, y eso solo terminará cuando el reino de Dios venga por completo a la Tierra. ¡Tenemos que orar por esto! Miremos a nuestro alrededor. Oremos que el Señor ponga ese deseo ferviente en nuestros corazones; que nos ayude porque estamos demasiado enamorados de la realidad que nuestros ojos pueden ver, y olvidamos que hay un mundo mucho mejor del que seremos parte cuando Cristo consume su reinado.


Estamos demasiado enamorados de la realidad que nuestros ojos pueden ver, y olvidamos que hay un mundo mucho mejor del que seremos parte cuando Cristo consume su reinado.

Hermana, oremos que el Reino ya venga. En lugar de pensar que una revolución social solucionará los problemas de este mundo arruinado por el pecado, ¡oremos porque haya una revolución espiritual, el establecimiento del reino eterno de Cristo! No es casualidad que la Biblia termine con una oración muy similar, ¡ven, Señor Jesús!


Tercera petición: Que se haga la voluntad de Dios.


Hágase Tu voluntad, Así en la tierra como en el cielo. ¿Qué piden estas palabras? Pues, lo que dicen claramente, que la voluntad de Dios sea hecha, en todo. Y, ¿sabes? Solo cuando estamos plenamente convencidos de que Dios es nuestro Padre, y de que tiene siempre nuestro bien en mente (como dice Romanos 8:28), es que podemos hacer esta oración. Porque la voluntad de Dios no siempre es algo fácil ni siquiera lo que escogeríamos. Cuando estamos pasando por momentos difíciles, cuando se avecina una situación que nos asusta o preocupa, cuando la enfermedad nos ataca o una pandemia nos pone la vida en pausa, también tenemos que orar así, que se haga su voluntad, porque su voluntad es perfecta. Dios Padre, que está en los cielos, siempre tiene un plan, nada le toma por sorpresa, podemos confiar en Él.


Jesús oró así en Getsemaní, ¿lo recuerdas? «Y adelantándose un poco, cayó sobre Su rostro, orando y diciendo: «Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras». (Mt 29:39) Y luego vuelve a repetirlo: «Apartándose de nuevo, oró por segunda vez, diciendo: «Padre Mío, si esta copa no puede pasar sin que Yo la beba, hágase Tu voluntad». Hay dos cosas aquí que debemos destacar: Jesús no se puso su traje de super héroe y le dijo a Dios, ¡estoy listo, que venga la cruz! ¡No! El Jesús hombre estaba afligido, estaba abrumado, dice la Biblia que “oraba con mucho fervor; y Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra”. Eso es un síntoma de un estrés tan fuerte que el cuerpo no lo puede soportar y los vasos capilares se rompen. ¿Por qué digo esto? Porque la oración que Dios escucha es una oración sincera, no una oración que disfraza lo que sentimos. ¡A fin de cuentas, a Dios no podemos engañarlo! Pero nos engañamos a nosotros mismos cuando creemos que tenemos que dar una imagen de fortaleza que no tenemos. No, el Padre nos invita a derramar nuestro corazón, a expresar el dolor, la frustración, el temor, el cansancio, la duda, lo que sea. ¡Míralo a lo largo de todo el libro de los salmos que son oraciones por excelencia!


Sin embargo, al mismo tiempo que Jesús confesó su agonía, su deseo de no tener que pasar por la prueba, ¡se sometió al Padre! ¿Por qué? Porque confiaba en Él. Nosotros podemos hacer lo mismo. Hermana, si Dios dio a Jesús para morir por nosotros, que es la máxima expresión de amor, ¿cómo no voy a confiar Él incluso cuando mis circunstancias sean en extremo difíciles? ¡Puedo confiar en su voluntad, aunque me cueste, me duela y preferiría un camino diferente!


Tim Keller dijo lo siguiente acerca de esta petición: “Si no podemos decir “hágase tu voluntad” desde el fondo de nuestros corazones, nunca tendremos paz”. Y es cierto, porque si no confiamos en la voluntad de Dios, ¿dónde crees que está nuestra confianza? En lo que yo puedo hacer, controlar, prever. Y eso nunca me dará paz porque lo que yo puedo hacer, controlar y prever está limitado por mi humanidad. ¡No soy Dios! Hermana, oremos para que nuestra voluntad, todo nuestro ser se someta a Dios.


La oración que Dios escucha es una oración que gira nuestro corazón hacia él, nos quita del trono de nuestro egocentrismo, del orgullo que nos engaña. Por eso, el modelo que Jesús dio para orar comienza de esta manera, poniendo nuestros ojos en el Padre, expresándole nuestra adoración, pidiendo su exaltación, que su reino venga, que su voluntad sea hecha. ¿Verdad que eso cambia nuestra perspectiva? Es un reconocimiento de que nuestro mayor deleite está en Él. Él es nuestra mayor necesidad, nuestra mayor satisfacción.


La oración que Dios escucha es una oración que gira nuestro corazón hacia él, nos quita del trono de nuestro egocentrismo, del orgullo que nos engaña.

El próximo miércoles compartiré contigo la segunda parte de este artículo que se enfoca en lo que podríamos llamar la segunda parte de esa oración.


Oremos que el Señor nos enseñe a orar y ponga en nostras el anhelo y deseo de buscarle cada día más.


Bendiciones,


Wendy


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