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  • Writer's pictureWendy Bello

Sea hecha Tu voluntad

No sé si has escuchado la historia del joven que estaba «enamorado» de dos muchachas. Una era rubia y la otra trigueña. Como estaba indeciso, empezó a orar por el asunto de la siguiente manera: «Señor, yo oro que tú me ayudes a escoger la mujer que tú quieres para mí. Tú sabes que estas dos me gustan y no sé decidir. Hazme ver cuál tú quieres que escoja, pero, por favor, que sea ¡la trigueña!». Probablemente te estés riendo ahora, pero la verdad es que, en el fondo, nos parecemos mucho a este joven cuando estamos orando. Pedimos que se haga la voluntad de Dios solo de dientes hacia afuera.



En Mateo 6:10, lo que conocemos como la oración modelo, Jesús hace esta petición:

Hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

¿Qué es lo que está pidiendo Jesús? Pues, con suma claridad, que la voluntad de Dios sea hecha en todo. ¿Sabes? Solo cuando estamos plenamente convencidos de que Dios es nuestro Padre y de que siempre tiene nuestro bien en mente —como dice Romanos 8:28— es que podemos hacer esta oración. La verdad es que la voluntad de Dios no siempre es algo fácil. Cuando estamos pasando por momentos difíciles, cuando se avecina una situación que nos asusta o preocupa, cuando la enfermedad nos ataca o una pandemia nos pone la vida en pausa y los planes se nos escurren entre las manos, tenemos que orar pidiendo que la voluntad de Dios sea hecha; convencidos de que es buena, es agradable y es perfecta (Ro 12:2). Dios Padre, que está en los cielos, siempre tiene un plan, nada le toma por sorpresa y podemos confiar en Él.


Jesús mismo usó ese tipo de plegaria en su propia vida. Cuando estaba por ser entregado por todos nosotros, Él oró así en Getsemaní, ¿lo recuerdas?


«Y adelantándose un poco, cayó sobre Su rostro, orando y diciendo: “Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras”» (Mt 29:39).


Hay dos cosas que quisiera destacar con respecto a este episodio en la vida de Jesús. Primero, Jesús no fingió ni ocultó cómo se sentía. El Jesús hombre estaba afligido, abrumado, probablemente asustado ante lo que le aguardaba. Lucas nos dice que «oraba con mucho fervor; y Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra» (Lc 22:44). Los estudiosos señalan que es síntoma de un estrés tan fuerte que el cuerpo no lo puede soportar y los vasos capilares se rompen. Jesús nos enseña que orar a nuestro Padre es hacerlo con sinceridad, sin disfrazar lo que sentimos. A fin de cuentas, ¡a Dios no podemos engañarlo! Pero sí podemos engañarnos a nosotros mismos cuando creemos que tenemos que dar una imagen de fortaleza que no tenemos. No, el Padre nos invita a abrir nuestro corazón, a expresar el dolor, la frustración, el temor, el cansancio, la duda, lo que sea. Así oraron también los autores de los salmos y lo expresaron al escribir esos hermosos poemas.


Solo cuando estamos plenamente convencidos de que Dios es nuestro Padre y de que siempre tiene nuestro bien en mente —como dice Romanos 8:28— es que podemos hacer esta oración.

Sin embargo, mientras Jesús confesaba su agonía y su deseo de no tener que pasar por la prueba, ¡se sometió al Padre! ¿Por qué? Porque confiaba en Él. Nosotros podemos hacer lo mismo. Podemos confiar en su voluntad aunque duela, nos asuste y preferiríamos un camino diferente.


Tim Keller dijo lo siguiente sobre esta petición: «Si no podemos decir “hágase tu voluntad” desde el fondo de nuestros corazones, nunca tendremos paz»[i]. Si no confiamos en la voluntad de Dios, ¿dónde crees que está nuestra confianza? Probablemente en lo que yo puedo hacer, controlar o prever. Sin embargo, eso nunca me dará paz porque lo que yo puedo hacer, controlar o prever está limitado por mi humanidad imperfecta y finita. ¡No soy Dios! Oremos para que nuestra voluntad, todo nuestro ser, se rinda confiado a Dios.


Orar de esta manera gira nuestro corazón hacia Dios, nos quita del trono del egocentrismo, del orgullo que nos engaña. Por eso, el modelo que Jesús dio para orar comienza poniendo nuestros ojos en el Padre, expresándole nuestra adoración, pidiendo Su exaltación, que Su reino venga, que Su voluntad sea hecha. ¿Verdad que eso cambia nuestra perspectiva? Es un reconocimiento de que nuestro mayor deleite está en Él, que Él es nuestra mayor necesidad y nuestra mayor satisfacción. Por eso oramos para que sea hecha Su voluntad.




Gracias por leer y compartir. Este artículo fue tomado del libro Más allá de mi lista de oración. Descarga aquí una muestra gratuita. Haz clic para adquirir una copia.








Por Su gracia,


Wendy


[i] Timothy Keller, La oración (Nashville: B&H Publishing Group, 2016), p. 123.

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