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  • Wendy Bello

Perdonar no es olvidar

Es muy probable que alguna vez hayas escuchado la frase «yo perdono, pero no olvido». A lo mejor no solo la has escuchado sino que la has dicho tú misma. Aunque estas palabras pudieran implicar que en verdad no hemos perdonado, también es cierto que, aunque perdonemos, no podemos olvidar lo sucedido porque nuestro cerebro no sabe cómo hacerlo. Nosotros, los humanos, no tenemos la capacidad de borrar los hechos de nuestra mente. Todo está ahí grabado. Sin embargo, sí podemos decidir no volver a mencionar la ofensa o, como suelen decir en mi país «no sacar los trapos sucios».



La Biblia cuenta muchas historias de perdón. La más importante es aquella en la que Cristo llevó nuestras culpas para que podamos recibir el perdón de Dios.


Y cuando ustedes estaban muertos en sus delitos y en la incircuncisión de su carne, Dios les dio vida juntamente con Cristo, habiéndonos perdonado todos los delitos.

Colosenses 2:13.


Ahora bien, como dije al principio, perdonar no es olvidar. Cuando perdonamos no olvidamos la herida o la ignoramos, cuando perdonamos escogemos otro camino. ¿Qué camino? El camino de la obediencia y el amor.


No sé si has leído alguna vez el libro de Filemón, pero en esta carta Pablo trata justamente el tema del perdón. Filemón tenía un esclavo, Onésimo. Este esclavo huye de su amo, algo que solía ocurrir en aquellos tiempos. Es probable, según el texto, que Onésimo hubiera robado algo a su dueño. Ahora era un fugitivo. Por providencia de Dios, Onésimo llega a Roma y de alguna manera tiene un encuentro con Pablo que lo lleva a conocer el evangelio (Filemón 10). Tal fue la relación entre los dos que Pablo lo veía como si fuera un hijo y, según la carta nos indica, Onésimo fue de gran ayuda a Pablo durante su tiempo en Roma.


No obstante, Pablo sabía que el daño que Onésimo había causado debía ser reparado y por eso lo envía de vuelta a su amo, con esta carta, donde básicamente le pide que lo perdone y lo reciba, ya no como un esclavo sino como un hermano en la fe. Esto no es tan sencillo como parece porque Filemón, por ley, tenía todo el derecho de castigar a Onésimo. Sin embargo, Pablo le hace una súplica a Filemón, le pide que lo perdone en nombre del amor.


«Por eso, aunque en Cristo tengo la franqueza suficiente para ordenarte lo que debes hacer, prefiero rogártelo en nombre del amor.»

Filemón 8-9.


Pablo le pide a Filemón que reciba a Onésimo, y con ello le está diciendo perdónalo y ámalo porque ahora es tu hermano en la fe. Filemón podía escoger el camino del odio y la falta de perdón, Pablo le exhorta a tomar el camino más excelente, el del amor. No le dice que olvide la ofensa ni que la ignore. Le pide que escoja el amor.


En el conocido pasaje de 1 Corintios 13, el apóstol Pablo nos dice que el amor no guarda rencor (v. 5, NVI). El texto original se acerca más a esta idea: «el amor… no lleva un registro de las ofensas recibidas». Eso se parece a lo que mencionábamos de los «trapos sucios», ¿verdad? Es probable que hayas has vivido la experiencia alguna vez, eso de que alguien comience a enumerar todas las veces en que fallaste, las palabras que dijiste y que hirieron, las que no dijiste, lo que olvidaste… O tal vez ha sido al revés y eres tú quien saca la lista cada vez que surge un desacuerdo o está enojada. Pudiera ser con tu esposo, pero la verdad es que esto aplica a cualquier otra relación. El hábito de llevar un registro de las ofensas es el hábito de vivir en el rencor, el hábito de no perdonar.


Podemos escoger ese camino porque ya Cristo lo hizo por nosotras. Porque Cristo nos perdonó, nosotros podemos y debemos también extender perdón a quienes nos ofenden o hieren. Perdonar sana el corazón porque escogemos no llevar una lista de las ofensas recibidas sino revestirnos del amor de Dios, no del nuestro, y así comienza a cerrarrse la herida.


El hábito de llevar un registro de las ofensas es el hábito de vivir en el rencor, el hábito de no perdonar.

Como te decía, el perdón es también un camino de obediencia. Mira lo que dice el siguiente pasaje:


Entonces, ustedes como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándose unos a otros y perdonándose unos a otros, si alguien tiene queja contra otro. Como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes. Sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo de la unidad.

Colosenses 3:12-14


Porque Cristo nos perdonó, estamos llamados a obedecerle y practicar el perdón. Permíteme hacer una salvedad. Con esto no estoy queriendo decir que todas las relaciones puedan restaurarse a su estado original. En casos de abuso, por ejemplo, es necesario poner límites y distancia. Pero eso no quiere decir que no podamos perdonar y pedirle a Dios que nos ayude a bendecir a los enemigos, como dice la Escritura. Y ese proceso, de orar por quienes nos han dañado y herido, también trae sanidad.

Ahora bien, en relaciones normales, y especialmente dentro del cuerpo de Cristo, es el amor lo que mantiene la unidad. Es aprender a amar a pesar de las diferencias de opinión, a todos los niveles. Es saber que lo que nos une es Cristo. Y porque Él nos une podemos perdonar y podemos amar. Y al hacerlo, ocurre sanidad en mi corazón.


Eso es lo que hacemos cuando perdonamos. Perdonar no es olvidar, es escoger otro camino, el del amor y la obediencia a Cristo.


Perdonar no es olvidar, es escoger otro camino, el del amor y la obediencia a Cristo.

Oro que este artículo sea de bendición a tu vida. Si sabes de alguien que pudiera beneficiarse de estas palabras, ¡te animo a compartirlo!


Bendiciones,


Wendy


(Parte del contenido de este artículo fue tomada del libro "Un corazón nuevo".)